En un fragmento de tierra, a un lado de la salida de Sancti Spíritus hacia Trinidad, amanece más temprano. Aunque llueva o la neblina no deje ver ni la punta de los zapatos, de lunes a lunes el sol tropieza siempre con un ajetreo diferente.
“Si me levanto y no me enfango los pies, los brazos y hociqueo la tierra, me pongo mal —es el saludo de Claro Remberto Ruiz Díaz, al borde de sus 62 abriles, según el almanaque, aunque las huellas de la vida le cuelgan en su rostro un poco más y las energías simulan las de un veinteañero—. Eso viene en la sangre porque mi familia ha sido así siempre”.
Y con esa frase mira por su propio retrovisor. Vuelve a Gavilanes, sube y baja las lomas como si caminara por el llano junto al resto de sus hermanos. Las siembras de café, los mulos cargados del resto de los productos nacidos de la tierra, los juegos por la cima de Caballete de Casa, donde imaginaba al Che y sus hombres en su ir y venir armados hasta los dientes, las charcas cristalinas… se amontonan entre los mejores recuerdos.
“Nací dentro de un corral de puercos allá arriba, en el municipio de Fomento. Mi mamá le estaba echando la comida, cuando le dieron los dolores. Vino mi abuela que era partera y ahí sucedió todo. Me picaron la tripa y a luchar. No puedo ser diferente. De ahí que me guste tanto la tierra, la manigua…”.
De aprender trazos y números poco rememora Caque, el sobrenombre que le acompaña casi desde que abrió los ojos. “Antes a los muchachos los llamaban con cualquier palabra, a mí me tocó Caque y con esa me quedé”. Lo suyo —insiste— era andar por las lomas, donde descubrió el arte de la montería. Fue así que conoció cada milímetro de Gavilanes, El Pedrero, Las Cuabas, El Guineo, El Corujo, El Lirio…
“Terminé cuando bajamos al pueblo en Yayabo, Sancti Spíritus, y luego estuve en el Sur del Jíbaro, La Sierpe, donde domé unos cuantos caballos y trabajé con vacas. Los caballos sí son mi vida, pero ya no puedo”.
Hace una pausa de segundos y, sin perder las energías de cada recuerdo, Caque se detiene en el 2016. Un altercado, el filo de un machete sobre sus brazos y piernas, una y otra vez… tres perros como fieras saciaron sus rabias con su cuerpo… Quedó inmóvil, inconsciente. Creyó morir. Las fotos del cuerpo tasajeado, el caminar sin despegar los pies del piso, la ausencia de su mano izquierda y la casi nula movilidad de la derecha confirman que vivió un infierno. Pero ahí está de pie como un verdadero caguairán.
“La necesidad me obligó. Me vi así y me dije: ¡Hay que guapear! porque con mi chequera de 1 313 pesos y la de mi esposa de igual cantidad para que me cuide no alcanzan pa’ na’”.
Más de una persona lo animó a pedir tierra en usufructo. Caque ha demostrado que conoce bien cómo meter en cintura a la más rebelde de las tierras. Pero la voluntad y la fe no son suficientes para asumir tamaña inversión.
“Cogí este pedacito de tierra para no molestar a nadie y entretenerme. Llegamos aquí y estaba perdío en manigua. Poco a poco, fuimos limpiando y sembrando. Te digo que lo único que me falta es lograr ajo y cebolla”.
En alrededor de cuatro cordeles de tierra, bordeados por una cañada, ha hecho germinar sembrados de plátano, cilantro, ají, aguacate, café —un quintal ya recogido—, limón, frutabomba, yuca, tomate, boniato y mango. La experiencia de Caque y los brazos de Lore Calzada Pérez —su esposa— han sido los mejores abonos para obtener cosechas de calidad.
“Salimos con una carretilla y buscamos los desechos de carnero. Picoteo la tierra y los meto ahí y vuelvo a picotear y eso es vida para las maticas. Mi guataca tiene el cabo largo para poderla manejar. Y para tumbar los racimos de plátanos uso una vara larga con una cuchilla, deshojo y luego le doy cortadas a la mata y ya caen en las manos de Lore”.
Ella no le pierde ni pie ni pisada. Ha estado junto a él en las verdes y las maduras, desde que con 13 años salió de su casa enamorada por el montuno fomentense que solo le prometió luchar la vida.
“El día que me la llevé corrimos cantidad —la risa cómplice entre ambos legitima que valió la pena el riesgo—. Esta vieja pa’ mí es to’. Estaremos juntos hasta que Dios o no sé quién quiera. Si se me va de al lado tengo que entregar el machete y la guataca.
“A veces, sí me ha dicho que no puede más porque también está enferma, pero le insisto que con un poquitico que hagamos hoy, otro mañana, cuando nos demos cuenta ya vemos los frutos y así ha sucedido en estos más de dos años aquí”.
Al borde de la pequeña elevación que descansa sobre la cañada hasta donde Caque ha rodado más de una vez porque sus pasos no son firmes, espigó el hogar. Cada tabla, el fogón de leña y los escasos muebles han sido acomodados con muchos esfuerzos por el matrimonio.
Es ese el altar familiar. En una de las paredes laterales cuelgan las fotos de los principales líderes de la Revolución, de Hugo Chávez y la bandera cubana.
“Me volví loco el día que me la regalaron y ahí está viejita, pero junto a mí”, alega más con los ojos que con las palabras.
En el centro de la pequeña sala, la Virgen de la Caridad del Cobre, hermosa, grande…. A sus pies, los rostros de sus retoños, incluso del más pequeño, a quien le dijeron adiós con solo 11 años.
“Eso fue terrible. Llevé su foto colgada en el medio del pecho por mucho tiempo”, deja escapar el peso del dolor.
Muy cerca se resguardan también como tesoros muchos papelitos, algunos amarillentos, como muestras de agradecimiento de los tantos donativos que ha entregado Caque.
“Eso lo aprendí de mi mamá, mujer humilde, pero siempre presta a ayudar. La gente me ha dicho: ‘Vende tus productos que la vida está dura’, y es verdad. Pero cuando los doy siento una alegría en el corazón que es mejor que cualquier cantidad de dinero.
“No te digo con eso que no haya vendido algún platanito, pero te puedo contar las veces. Mis vecinos lo podrán decir y la otra gente a la que le he dado”.
En la carpeta de color blanco hay trazos con muchos elogios bajo las firmas del Hospital Pediátrico José Martí, el Hogar de Niños sin Amparo Familiar, el de ancianos, el Policlínico Sur…
“Mi mamá me decía: ‘Cuando entregue algo, si le dan constancia, guárdelo’. En ese bulto pueden encontrar hasta de cuando tenía una finquita y acopiaba al Estado. No me estorban, me gusta tenerlos”.
A media mañana, ya Caque y Lore han hecho un trillo entre los sembrados intercalados, la manguera con huecos pequeñitos para que el agua no se empoce, el corral del puerco y la jaula del gallo que se espabila con los trajines del hombre con machete en cintura, botas y gorra.
“Me levanto a las cuatro y media cada mañana y riego las plantas. Ella cuando se cansa de llamarme pa’ que entre, se me une. Siempre digo que para que las cosas se pongan buenas tienen que estar bien malas”.
Es una filosofía de vida aprendida en sus más de seis décadas. De ahí que no tema a los retos, aunque sí enfrenta las muchas realidades con las que tropieza cuando sale fuera de su fragmento de tierra.
“Hay que producir más porque el pueblo necesita tener comida y solo así bajarán los precios. La cabeza a veces me la siento hinchada, de tanto que me viro pa’ un lado y pa’ otro en la cama, pensando cómo se puede lograr. Se habla del bloqueo norteamericano y es verdad, pero también tenemos uno aquí entre nosotros. Si en este pedacito, sin poder, hemos logrado todo esto, ¿cuánto no harían quienes tienen tierra, fuerzas y están buenos y sanos? ¿Por qué no lo hacen?”.
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Sin encontrar las respuestas, Caque vuelve a refugiarse en los ojos de su esposa. Sabe que ambos han superado todo aferrados a la voluntad y el amor.
“Lo más bonito que le puedo decir a Lore es que hay que seguir luchando porque solo así saldremos adelante. El pueblo puede confiar en que lo que tengamos se lo seguiremos dando”, concluye aferrado al calor de las manos femeninas, las que junto con la tierra doman la rigidez de sus dedos.
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