Enero gris. Llovía. El frío se colaba a través de la camisa raída, y hasta podía sentirse el crujido tembloroso de la mandíbula. Tenía una barba de cinco días, los pantalones ensopados, los ojos marchitos. Yacía sobre la acera, y solo tenía por compañía una botella de ron y un perro mustio, hambriento.
—I—
Ese día que me quedé tirado en la calle toqué fondo. Alguien que me conocía me llevó para la casa y, al otro día, cuando pasé la borrachera mi mamá, que tenía entonces 81 años, me enseñó el pantalón y me dijo: “Mira cómo te trajeron ayer”. Se arrodilló y me dijo llorando: “¡Hijo, me vas a matar en vida!”. Verdad que el pantalón estaba negro, negro del churre, y hasta me había orinado.
Empecé a tomar cuando tenía 33 años; lo hacía cada dos o tres días, paraba y volvía otra vez. Iba a varios bares, y frecuentaba mucho el del Colonial. Siempre buscaba un motivo para tomar: el cumpleaños de uno de mis hijos, el de mi mamá, el de fulano conocido mío. En el nacimiento de mi hijo chiquito, eso fue apoteósico. Y mientras las otras personas disfrutaban de la fiesta, yo mismo me mataba porque perdía el control y caía redondo. Por celebrar, celebrábamos hasta en la funeraria; nos aparecíamos con una botella de ron cuando se moría un compañero de borrachera. Siempre había alguna justificación para tomar.
Hubo un tiempo, en que salía del trabajo a las 4 y 30 de la tarde, y me iba a darme los tragos. Ya a las 6 menos 20 mi mamá se iba de la casa, salía huyendo de mí; a esa hora yo iba… mandao’ y zumbao’.
Una vez, borracho, llegué a ver a mi nieto que cuando aquello tenía tres o cuatro años y se me escondió. Me conocía cuando estaba tomao’ y cogía miedo. Al otro día, mi hija me llamó al trabajo y me dijo que fuera a su casa y fui. Al llegar, me dijo: “Papi, siéntate, te voy a decir algo: si vienes nuevamente tomado a esta casa, te voy a botar; aunque tú seas mi padre”. Aquellas palabras me zarandearon.

—II—
Los recuerdos llegan en bucles; el hombre suspira. Vienen las lágrimas que tropiezan con la nariz. Inclinado sobre la mesa, sudoroso, desabotona la camisa y busca a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón.
El alcohol me la jugó caro. Perdí mi primer matrimonio y, casi pierdo a mis hijos, a los nietos, a toda mi familia, incluida mi vieja; poco faltó para que la matara del disgusto. En mi trabajo, en el taller de calzado ortopédico, me llamaron la atención varias veces, hasta que me pusieron una amonestación. No me botaron por consideración al tiempo que llevaba ahí; imagínate desde los 18 años y ya cumplí 57.
Tengo dos hijos varones y dos hembras. Y ellos me regañaban mucho. El mayor se me apareció un día cansado de mi situación: “Vengo a hablar contigo de a hombre de a hombre. ¿Hasta cuándo vas a estar tú con esta borrachera asquerosa? Vas acabar con mi abuela”. La discusión se fue de tono y si no es porque mi mamá se mete en el medio, nos hubiésemos ido a los piñazos. No me quedó de otra que quedarme callado y pedirle perdón. Ese día me dijo tantas cosas, y fue tanta la vergüenza, que le puse la mano en el hombro y le dije: Voy a resolver esto solo, tranquilo.
Intenté dejar el vicio unas cuantas veces, pero sin ayuda médica no pude. Paraba uno, dos, tres días y al cuarto volvía con la misma racha. Hasta que hablé con una doctora de por mi casa y ella me trajo directo al Policlínico Norte. La primera vez intenté venir solo, pero cuando llegué, como a los cinco minutos se aparecieron mi hija y mi mamá. Después de eso, me acompañaban a la consulta mis otros hijos, mi hermana, las madres de mis hijos me apoyaron mucho, mucho. Todo el mundo pasó por esa consulta; hasta que un día les pedí que no vinieran más, que yo solo podía hacer el tratamiento.
Mi mamá le imploró a la psiquiatra que la ayudara, que yo no entendía que estaba enfermo, que me pusieran los sueros en el policlínico; pero que no me ingresaran en el hospital porque me iba a perder.
En el Cuerpo de Guardia del Policlínico Norte me pusieron la dextrosa para desintoxicarme. Fueron días difíciles. Me dieron una tableta para que me diera asco la bebida, y sí, le cogí repugnancia. A veces llegaba a un lugar donde estaba alguien tomando y me daba mucho asco solamente verlo. También, me inyectaron muchas vitaminas y pude ponérmelas en un consultorio.
La primera vez que fui la enfermera me miró seria y me dijo: “¿Tú sabes para qué es esto?”. Sí, vitaminas, le contesté. “No puedes darte ni un solo trago. Si vienes mañana con olor etílico, no te voy a poner una más. Con esto no se juega”. Le respondí: Tranquila; voy a ponérmelas todas y voy a salir de esta. Cuando terminé la última me dijo: “¡Qué fuerza de voluntad tú tienes; esto lo aguantan muy pocos!”.
En las últimas palabras, un ahogo que sube y baja por la garganta. Traga en seco, arquea las cejas. Sabe que el alcohol multiplica por mil los demonios y quiere dejarlos atrás. Una vez torció su destino y el de gente sagrada para él.
—III—
Tuve a un padrino, en paz descanse, que me aconsejó entrar en un Grupo de Alcohólicos Anónimos. Él me encaminó en este proyecto y me dijo que si entraba y me quedaba en él, vendrían cosas buenas para mí. Así sucedió. Llevo ocho años en seguridad, que no tomo; hasta ahora no me ha hecho falta el primer trago.
Soy líder del grupo que hay aquí en el Policlínico Norte y vengo miércoles por miércoles. El consejo entre nosotros es no darte el primer trago después que empiezas la rehabilitación. Si lo haces, ya sabes que tienes segura la recaída.
Muchos han entrado en el grupo y han logrado rehabilitarse; por ejemplo, Otoniel, Rafael, Edel. Algunos no han resistido y han vuelto a caer en ese hueco; otros han fallecido por cuenta del alcoholismo. Juan, el socio que más andaba conmigo, murió de cáncer en la garganta; Mario murió de lo mismo. Y los dos habían dejado de tomar, pero lo hicieron tarde, ya no había remedio.
En una ocasión mi padrino me dijo: “Vete a ver a fulano que está muy mal”. Cuando llegué, lo vi destruido, me partió el alma. Hay enfermos alcohólicos que hoy tienen diabetes y mil complicaciones, y cuando usted lo aconseja te dicen: “De algo hay que morir”.
Con seguridad, este es un problema serio. Si hoy recogemos la cantidad de alcohólicos que hay en Sancti Spíritus, sin exageración, se llena el estadio José Antonio Huelga, porque mira que hay alcohólicos en la calle. Y como te dicen: “Yo, yo no soy alcohólico”.
—IV—
Una gota de alcohol fue su cárcel, en una sed perpetua allí quiso morir y vivir al mismo tiempo. Ahora, después de liberarse, de salir de ella, solo quiere vivir.
Mi nombre es Modesto Zaporta Curbelo y soy un enfermo alcohólico sobrio; escríbalo ahí sin pena ninguna.
Tengo seis nietos. Gracias a Dios, ya me los puedo llevar a pasear. Los llevo y los traigo y mis hijas me tienen confianza.
Hace unos meses estaba lavando en mi casa, entretenido en eso y, de momento, me percato que mi mamá me estaba mirando fijamente, como contemplándome y le pregunté: ¿Qué pasa, vieja? ¿Por qué me miras así? Entonces me respondió: “Hijo, llevas ocho años sin tomar, ya me puedo morir tranquila”.
Buscar ayuda es fundamental porque ofrece apoyo comunitario, permite la identificación con otros que enfrentan problemas similares y proporciona herramientas para mantener la sobriedad. Las reuniones son confidenciales y crean un entorno de comprensión, lo que facilita el proceso de recuperación, demostrado ser efectivo para millones de personas en todo el mundo.
El alcoholismo es una enfermedad, y un problema económico, familiar y social, el primer paso para solucionarlo es aceptarlo, no solo por la persona que lo sufre, también por las demás personas afectadas, las enfermedades necesitan ayuda profesional y apoyo, proyectarse en terminar con ello y cerrar esa página de manera definitiva es fundamental para dejarlo atrás, pero de puede, y este señor dió ejemplo para todos, dió esperanza a muchas familias y muchos sufridos, mucha fuerza para él y felicitaciones, si se puede.